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Un milagro en Chartres

 



Latinpress. 27 / 4 / 2019.
En días recientes, en medio de las noticias sobre el incendio de la Catedral de París, surgieron algunos comentarios sobre una profecía de Nostradamus -el insigne astrólogo talla única de Occidente- que supuestamente anunciaba el infausto acontecimiento.

Sin ser expertos en astrología -ni siquiera aficionados a ella- solo se nos ocurre recordar a los lectores que son varias las catedrales francesas que se conocen como ”de Nôtre Dame”, al igual que en cualquier comarca hispanohablante se encuentran diversas iglesias dedicada a la Virgen María.

Por cierto, el mismo Victor Hugo alentó el proyecto de escribir una novela ambientada en Nôtre Dame de Chartres, la gran catedral que ardió varias veces, la última en 1836 cuando el fuego devoró la sección denominada “el bosque” y a raíz de lo cual la madera fue sustituida por otros materiales.

Al fragor noticioso de las llamas parisinas -las de Nôtre Dame, no las de los Chalecos Amarillos- nos vino a la memoria un curioso opúsculo leído hace casi veinte años en su traducción al francés: “Raymond Isidore e la sua cattedrale”, del escritor italiano Edgardo Franzosini.

Se trata de la biografía de Raymond Isidore quien, nacido el 8 de setiembre -¡Día de Nuestra Señora!- de 1900, perdió la vista en su infancia y la recuperó milagrosamente en 1911 mientras cantaba con el coro de la Catedral de Chartres, justo en el momento en que el famoso piloto Louis Denau, nacido en Chartres, ejecutaba la hazaña de pasar entre las dos agujas del templo al mando de un primitivo y, por ende, frágil aeroplano.

Muchos años después, cuando la colectividad, sin la ayuda de Nostradamus, presintió que la Segunda Guerra Mundial era inminente, procedió a despojar a la Catedral de todos sus ornamentos, incluidos los vitrales, con el fin de ponerlos a salvo de los eventuales bombardeos. Isidore, viéndola privada de su esplendor interno, se propuso agradecer un milagro con otro milagro y dedicó los años del conflicto a una ímproba tarea: la paciente creación, en su propia casa, de una obra artesanal que, con justa razón, pasó a ser conocida como “la segunda catedral de Chartres”.

Utilizando miles de fragmentos de loza y cristalería recolectados en los botaderos de basura, cubrió los pisos, las paredes, las tapias, los jardines y el mobiliario de su propia casa con exquisitos e irrepetibles mosaicos multicolores que luego se convertirían en una de las atracciones turísticas de la ciudad.

Relata Franzosini que Pablo Picasso, visitó la casa de Raymond y en esa ocasión el célebre pintor español confesó que él había estado en el museo del Louvre una única vez y solo por compromiso, ya que se inauguraba una exposición de sus obras.

Al conocer la anécdota, los coterráneos de Isidore lo premiaron con el apodo de Picassiete (Pica por Picasso, y assiete por plato, en francés).

El Teatro Municipal de Chartres, que al finalizar la guerra se conservaba intacto, al reabrir sus puertas contrató a Picassiete como su tramoyista de planta.

Fernando Durán Ayanegui


 
 





 
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