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Nuevas prioridades para la economía mundial

 


 

Latinpress.es 14 /2/ 2020. Durante su visita  a la Ciudad del Vaticano, el pasado 5 de este mes, la directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, se preguntó ¿Cuáles son las nuevas prioridades para la economía mundial?, respondiéndose que en palabras del Papa Francisco, «la primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos».

También habló del objetivo fundamental del liderazgo en los sectores público y privado, en  servir, no a nosotros mismos, sino a los demás con una mentalidad abierta y un buen corazón.

Aseguró que la integración y la cooperación mundial, los avances tecnológicos y las muchas políticas económicas adecuadas han transformado nuestro mundo. En las últimas tres décadas, la mortalidad infantil se ha reducido a la mitad y más de mil millones de personas han logrado abandonar la situación de pobreza extrema.

Sin embargo hay excesiva desigualdad: desde 1980, el 1% más rico de la población a escala mundial ha capturado el doble de beneficios del crecimiento que el 50% inferior.

Muchas economías en desarrollo ya no están reduciendo la distancia con los países de alto ingreso: en lugar de cerrar la brecha de los niveles de vida, se están quedando ahora atrás, dijo la líder mundial.

Por ello no resultan sorprendentes los resultados de una reciente encuesta global, en la que más de la mitad de los participantes afirman que el capitalismo causa más perjuicios que beneficios. Las implicaciones son alarmantes: desde la disminución de la confianza en las instituciones tradicionales hasta el aumento de la polarización política y las tensiones sociales.

Georgieva destacó tres ámbitos de acción:


  1. crecimiento inclusivo: ayudar a los países a promover una cultura de solidaridad;
  2. ii) integración: fomentar una globalización de esperanza; y
  3. iii) acción por el clima: cuidar de nuestra casa común.


1. Una cultura de solidaridad


En este tema se centró en América Latina, una región que ha logrado avances significativos en la reducción de la desigualdad excesiva, pero con un reciente aumento del malestar social en algunos países.

No es coincidencia que el descontento haya surgido en lugares en los que la brecha entre ricos y pobres es demasiado amplia, y donde el crecimiento es demasiado bajo como para proporcionar mejores oportunidades a quienes más lo necesitan. De hecho, muchos de los que se consideran «clase media» viven con el creciente temor de que los beneficios podrían revertirse, de que podrían volver a caer en la pobreza.

Para hacer frente a estos desafíos, los países latinoamericanos tendrán que promover una cultura de solidaridad más fuerte, una cultura que reconstruya la confianza y reconozca la dignidad que acompaña al empleo de calidad, los servicios públicos fiables y redes de protección más sólidas.

La mejor manera de fomentar la solidaridad es reducir la desigualdad de oportunidades, lo que significa invertir en las personas; no solo dedicar más recursos a las escuelas y a la capacitación, sino también mejorar la calidad de la educación y el acceso a la educación a lo largo de toda la vida y a la adquisición de nuevas capacidades. No solo ampliar los programas sociales, sino asignar el gasto de manera más eficaz para llegar a los más vulnerables.

Pero ¿cómo pueden los países latinoamericanos aumentar su gasto social y las inversiones en infraestructuras vitales cuando la mayoría de ellos cuentan con un limitado margen en sus presupuestos?

Existe margen para impulsar la eficiencia del gasto y para generar mayores ingresos públicos a mediano plazo. Y esta es la razón por la que el FMI ha puesto más énfasis en los temas de gasto social, y está haciendo hincapié en ayudar a los grupos vulnerable.

Se debería redoblar las medidas de reforma económica para la inclusión y el crecimiento; para muchos países latinoamericanos esto significa abordar la concentración de mercado que limita la creación de empleos y perjudica a los pobres con precios más altos.

Significa reducir las discriminaciones en el mercado laboral para empoderar a las mujeres. Y significa ampliar el acceso financiero a los hogares de bajos ingresos y a la pequeña empresa, entre otras cosas mediante un sector de tecnología financiera bien gestionado.

Por encima de todo, existe margen para reforzar la lucha contra la corrupción, la que obstaculiza el crecimiento y mina los fundamentos económicos y sociales; alimentando un descontento creciente, sobre todo entre los jóvenes.

Un problema relacionado es el masivo alcance de la elusión fiscal y la evasión fiscal.

A escala mundial, se estima que la riqueza mantenida en centros financieros «offshore» es de 7 billones de dólares, es decir, el 8% del PIB mundial.

Estos problemas no están presentes solo en América Latina, afectan a todos. Los análisis del FMI muestran que los países no miembros de la OCDE perdieron aproximadamente 200.000 millones de dólares anuales debido a que las empresas pueden trasladar sus beneficios a lugares de baja tributación.

2. Una globalización de esperanza


Georgieva recuerda que la desigualdad de ingresos entre países ha disminuido drásticamente, gracias al auge de los mercados emergentes, como China e India, pero que al mismo tiempo la desigualdad de ingresos dentro de los países ha aumentado en general, lo que ha dado lugar en algunos casos a lo que llamaría “la atonía posterior a la globalización”.

Esta “atonía” se ha visto intensificada por las preocupantes implicaciones de las tensiones comerciales.

Un mundo en el que el flujo de datos es más importante que el comercio físico y en el que los servicios son el principal factor impulsor del comercio mundial. ¿Quién se beneficiaría de ello?, sin duda las economías avanzadas, porque son competitivas a escala mundial en muchos sectores de servicios, en especial el financiero, el jurídico y el de consultoría.

Pero también economías en desarrollo como Colombia, Ghana y Filipinas, porque están fomentando el crecimiento de industrias como las comunicaciones y los servicios a empresas.

Para la secretaria una cosa está clara, para que el comercio sea mejor debe ser más inclusivo, ¿cómo?, el que todos los países redoblen los esfuerzos por ayudar a las comunidades perjudicadas por los trastornos relacionados con la tecnología y el comercio.

Debemos aumentar la inversión en formación y redes de protección social, de forma que los trabajadores puedan actualizar sus cualificaciones, acceder a empleos de mayor calidad y aumentar sus ingresos.


También debemos fortalecer la cooperación internacional para garantizar que la gente obtenga beneficios en la nueva era del comercio.

La reciente «fase uno» del acuerdo comercial entre Estados Unidos y China es un paso importante para reducir las tensiones, aunque solo es un paso.

Si queremos, dijo, desbloquear todo el potencial de los servicios y el comercio electrónico, debemos trabajar juntos para crear un sistema de comercio más moderno.

El hecho es que, en las últimas cuatro décadas, los flujos de capitales mundiales han aumentado 13 veces, en comparación con una expansión de 11 veces del comercio mundial.

Esta abundancia de capital ha sustentado las muy necesarias inversiones, sobre todo en economías emergentes y en desarrollo. Pero también ha abierto la puerta a episodios de alta volatilidad de flujos de capital, lo que puede perjudicar la estabilidad financiera y las perspectivas de empresas y hogares.

¿Existe alguna forma óptima de gestionar la volatilidad de flujos de capital? Para muchas economías emergentes, la tarea es desalentadora, ya que existe poco consenso sobre la combinación y el calendario adecuados de las medidas de política.

Consideremos el episodio que se produjo en 2018 de salidas de capitales de los mercados emergentes: Brasil y Malasia emplearon cantidades significativas de reservas de moneda extranjera para sostener sus monedas. Colombia y Sudáfrica apenas intervinieron. Algunos elevaron las tasas de interés, mientras que otros no lo hicieron. En muchos casos, una fuerte intervención mitigó la depreciación, pero no en todos.

La clave es que debemos trabajar mancomunadamente. Nuestra responsabilidad conjunta es contribuir a que el comercio sea más inclusivo y los flujos de capital más seguros.

3. Cuidar de nuestra casa común


Este tercer ámbito se refiere a la lucha contra el cambio climático, ninguno de los retos económicos a los que hoy nos enfrentamos será relevante dentro de 20 años si no aborda ahora el cambio climático.

Los costos humanos de los desastres vinculados al cambio climático son inconmensurables. Los costos económicos, sin embargo, sí pueden medirse. Solo un ejemplo: los daños del huracán María ascendieron a más del 200% del PIB de Dominica y más del 60% del PIB de Puerto Rico.

Y suelen ser los pobres los más vulnerables a los shocks climáticos, el Banco Mundial estima que, a menos que alteremos la trayectoria climática actual, 100 millones de personas adicionales podrían vivir en extrema pobreza en 2030.

Para muchos países esto significa invertir en ámbitos como la protección de las zonas costeras y en una agricultura e infraestructuras más resilientes.

Estos tipos de inversiones pueden rendir un «triple dividendo»: evitar pérdidas futuras, producir beneficios en materia de innovación y generar beneficios sociales.

Pero la adaptación solo llevaría hasta cierto punto, se necesitan esfuerzos muchos mayores para reducir las emisiones de carbono y compensar las que no puedan reducirse. La realidad es que nuestra especie solo puede prosperar si nuestras actividades están en equilibrio con nuestro medio ambiente.

La mejor forma de avanzar es poner un precio o impuestos al carbono como lo han hecho Chile, Colombia y Sudáfrica, y China está a punto de iniciar un régimen de comercio de derechos de emisión.

Estas iniciativas animarán a los hogares y las empresas a utilizar menos energía y a optar por combustibles más limpios.

De acuerdo al FMI el precio mundial del carbono debería aumentar desde los 2 dólares por tonelada hasta 75 por tonelada si se quiere mantener el calentamiento global por debajo de 2ºC.

Desde luego, la gestión de la transición hacia un mundo sin emisiones de carbono no será fácil, los «activos abandonados», como las reservas de petróleo, carbón y gas podrían quedar inutilizadas.

Algunas estimaciones sugieren que los costos potenciales de devaluar estos activos se sitúan entre 4 y  20 billones de dólares.

El sector financiero deberá tener en cuenta los riesgos de transición, para lo que tendrá que adoptar un enfoque más sostenible, un enfoque que se fundamente en una mejor gestión de riesgos y una visión de más largo plazo.

Conclusión


Así pues, ¿cómo son las nuevas prioridades para la economía?
Crecimiento inclusivo, integración mundial justa, acción por el clima. Ahora debemos actuar.


 
 





 
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