El rey de las vacas

José Antonio Medina Ibáñez • 22 de enero de 2022

El Rey de las vacas

No se trata de una cobertura informativa o reivindicativa el ir a visitar a las vacas, la nueva campaña de Pablo Casado es simplemente un nuevo episodio propagandístico, un nuevo negocio con el cual logra, otra vez, la atención nacional.

Por el momento sus mejores colegas son las vacas, aunque las visite con chaqueta urbanita y zapatos de ante. Pero 0jo al dato, para Casado el acto de fe no incluye el cuido de los animales, solo comer su carne, defendiendo, como exclamó, que España tiene la mejor carne del mundo, ¡del mundo!, sin exagerar ¡eh! 

Casado está convencido de que la incontinencia verbal da réditos, de ahí lo de sus dos espadas madrileñas, Ayuso y Almeidita, una que por los nervios envió su queja de los 9 millones de euros a un código postal equivocado y, el otro con lo de que Djokovic es un reclamo publicitario. 

Ese manantial de palabras le ha convertido, esta semana, en el primer restaurador vaquero del reino de los Borbones, aunque sea dando comida de pienso a unas vacas que suelen pastar en el campo. Pero incluso, las vacas entienden que si para que te inviten a comer hay que posar, pues se posa.

Y, sin engaños, los movimientos del líder gaviotero son conscientes, aunque no sean fruto de arduas discusiones, ni de desmayos, ni de consultas al horóscopo. 

Así que, su reciente postura vacuna debe tomarse como una reflexión que resume su estilo de hacer política y, de cómo gestionar España si algún día llega a dirigirla. Es el Pablo Casado ofreciendo sus mejores servicios y habilidades, desde vender té de yerbabuena, consejos de historia latinoamericana, hasta chuletones de Ávila.

Como el tiempo pasa como los truenos, piensa el ungido, así pasan las mentiras y los discursos; si Casado hubiese sido uno de los descubridores de América seguro que hubiese gritado ¡Tierra, tierra!, aunque hubiese estado rodeado por un océano. Para él lo que cuenta es llegar, la fábula, ese es su método.

El problema para él es que los efectos de sus ocurrencias duran poco, entran en el candelero como un torbellino, pero al final son algo parecido a como cuando se le da de comer a las palomas en una plaza, todas vienen a ver qué sucede, pero rapidito se marchan, aunque no sepamos qué es lo que realmente las ahuyenta, si la persona, la comida o el miedo a lo que acaban de conocer.

Así que, Casado va comiendo a pedacitos el pastel de las elecciones, va llenando su estómago a base de tapas y cañas, aunque no le guste alguna, incluso si le dan un pincho de tortilla hecha con azúcar se zampa todo sin escalofríos con tal de dar su sesión de geografía o, de pareceres, pero eso sí, cerquita de un ternero, nada de una vaca de 500 kilos. Al final, no tiene un pelo de tonto.
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