Machado regresa a Venezuela
Machado regresa a Venezuela para disputar el poder y pone a prueba la estrategia de Trump.

Caracas.- Domenico Spiezio. Latinpress.es. — A las 22:30 del domingo, María Corina Machado llegó a Caracas después de recorrer distintas ciudades venezolanas y protagonizar una reaparición que devuelve a la principal dirigente opositora al centro de la batalla política por el futuro del país.
Una multitud salió a recibirla en el este de la capital. Motocicletas, vehículos particulares y ciudadanos a pie confluyeron en torno a la plaza Altamira, mientras las luces y las cámaras de los teléfonos móviles intentaban inmortalizar un momento cargado de simbolismo.
Antes de llegar a Caracas, Machado había reaparecido junto a sus seguidores en Barquisimeto, en el estado de Lara, a unas 4 horas de Caracas, reactivando una movilización ciudadana que el chavismo tendrá dificultades para ignorar.
Su regreso, después de casi diez meses fuera del país, representa mucho más que la vuelta de una dirigente política.
Machado abandona su condición de líder opositora en el extranjero para intentar recuperar el protagonismo directo en Venezuela, organizar a sus seguidores y disputar el rumbo de una transición política cuyo desarrollo ha estado condicionado por las decisiones del Gobierno interino y de Washington.
La incógnita es si podrá ejercer esa actividad con libertad y convertir el respaldo popular en una fuerza política capaz de modificar el calendario electoral y las condiciones de una futura convocatoria presidencial, que la oposición reclama y que sigue sin fecha definida.
El regreso que incomoda al chavismo
La presencia de Machado en territorio venezolano somete a prueba la estrategia del Gobierno de Delcy Rodríguez.
Hasta ahora, el proceso de diálogo político respaldado por Estados Unidos ha avanzado con la participación del chavismo y de un sector de la oposición, pero sin incorporar directamente a la dirigente que encabeza una parte fundamental del movimiento antichavista.
Su regreso altera ese equilibrio. Machado vuelve a disponer de la posibilidad de encontrarse con sus seguidores, reorganizar su movimiento y reclamar que cualquier acuerdo sobre el futuro del país tenga en cuenta a la oposición que representa.
Para el chavismo, el dilema es evidente: permitirle actuar con normalidad podría reforzar una alternativa política capaz de movilizar a amplios sectores de la sociedad; imponer restricciones, abrir procedimientos judiciales o detenerla podría desencadenar una nueva crisis de legitimidad y aumentar la presión internacional.
El diálogo chavista, entre la apertura y la supervivencia
En este escenario, las declaraciones del parlamentario oficialista Jorge Arreaza adquieren especial relevancia. Arreaza defendió los avances de la mesa de negociaciones entre el chavismo y un sector de la oposición y aseguró que el proceso no pretende anular a ningún actor político. «El proceso de diálogo en marcha no procura la neutralización o desaparición del otro», afirmó.
La declaración contrasta con años de enfrentamiento político, exclusión de adversarios y restricciones a la actividad opositora. Sin embargo, reivindicar el diálogo no equivale todavía a aceptar una competencia electoral en condiciones de igualdad.
La cuestión fundamental es si el Gobierno está dispuesto a traducir sus declaraciones en medidas verificables: garantías para los dirigentes opositores, libertad de organización, revisión de las inhabilitaciones políticas, independencia de las instituciones electorales y judiciales, y un calendario electoral creíble. Machado regresa precisamente cuando esas cuestiones se encuentran sobre la mesa.
Trump, ante una decisión incómoda
La posición de Donald Trump constituye otra de las grandes incógnitas del nuevo escenario venezolano.
La Administración estadounidense ha respaldado a Delcy Rodríguez como presidenta interina y ha priorizado la estabilización del país, la recuperación económica y los acuerdos relacionados con el petróleo, mientras mantiene abierta una vía de negociación política.
Esa estrategia ha dejado a Machado en una posición secundaria dentro del proceso institucional impulsado desde Washington, pese a su popularidad entre amplios sectores de la oposición.
Su regreso obliga ahora a la Casa Blanca a gestionar una realidad política más compleja. Machado vuelve a estar físicamente en Venezuela y puede reclamar un protagonismo que resulta difícil de conciliar con un proceso de transición negociado sin su participación directa.
Trump tendrá que decidir si mantiene su apuesta por una transición gradual, apoyada en la cooperación con Rodríguez, o si impulsa una mayor participación de Machado para dar más legitimidad política y social al proceso.
El problema aparece si la estabilidad económica se convierte en un objetivo prioritario que pospone indefinidamente las elecciones libres o si la apertura política amenaza los acuerdos que Estados Unidos considera estratégicos.
Por ahora, no hay razones suficientes para dar por hecho que Trump vaya a cambiar de estrategia. Su reacción inicial ante el regreso de Machado fue de aparente distanciamiento: afirmó que no tenía conocimiento de su vuelta, aunque volvió a referirse favorablemente a ella.









