Trump ha convertido a Maduro en más bueno y, hasta simpático
Jose Ibañez • 20 de diciembre de 2025
Trump ha convertido a Maduro en más bueno y, hasta simpático.
Pareciera que la estrategia diseñada por Donald Trump para debilitar a Nicolás Maduro, le está dando oxígeno político.
La ofensiva militar bajo la bandera del narcotráfico y la seguridad de los EE.UU., ha desplazado el eje central del conflicto —el fraude electoral y la erosión democrática— hacia un terreno mucho más favorable para el dictador.
Poco a poco el bloqueo marítimo y aéreo para presentar a Maduro como un criminal internacional ha ido perdiendo credibilidad, dando paso al viejo conflicto entre imperialismo y soberanía.
Trump ha logrado que Maduro no aparezca como el más grande usurpador del sistema democrático venezolano, sino como un líder de la izquierda latinoamericana asediado por el imperio.
El régimen sigue en pie, el control interno se ha reforzado y las alianzas con actores como China y Rusia han permitido amortiguar los efectos del aislamiento. Además, lejos de debilitar al poder bolivariano, ha contribuido a cohesionar al chavismo y desplazar la conversación internacional desde la democracia hacia la seguridad.
La política exterior de Trump parece obedecer a una regla muy simple: cuanto más “malo” es el adversario, peor castigo hay que infligir. Para eso los asesinatos a lancheros, un submarino nuclear y el portaaviones más grande del mundo. Exagerado, ¿no?
Un Maduro criminal, narcotraficante, terrorista, ya no es un político, así que lo que cabe es la fuerza de la policía para detenerlo, no para recuperar la democracia.
En ese terreno el chavismo sabe moverse bajo la épica antiimperialista, y mientras tanto, el fraude electoral de julio de 2024 —el núcleo del problema— queda relegado y con él, el discurso de la oposición venezolana.
Ahora parece que Maduro es más bueno y que su pecado es ser narcotraficante, no un ladrón de elecciones.
Trump ha olvidado, con la misma rapidez que las comenzó, las sanciones directas al cogollito de Maduro, quizá porque fue idea de Obama y Biden. También menosprecia la cooperación europea, la de la ONU y la de la OEA. Incluso es tan torpe que utiliza los gobiernos de Brasil y Colombia para atacar al socialismo en la región. Lo peor es que Maduro que debería estar aislado políticamente, parece blindado simbólicamente.
Trump ha cerrado cualquier salida negociada lo que ha empujado a Maduro a reforzar el control interno con la excusa de la amenaza externa. ¡Menudo error el del hombre naranja!
La oposición venezolana es, quizá, la principal damnificada de este giro. Su relato sobre la dictadura y la libertad, ha quedado atrapado en un complicado dilema: Si apoya la ofensiva estadounidense, es un agente del imperio, si la crítica, entonces están blanqueando al régimen. Es decir, ya no es un actor principal sino colateral.
Si Corina Machado y Edmundo González Urrutia se acercan mucho a Washington, están a favor de la guerra contra el narcotráfico, no contra el fraude; si están a favor de nuevas elecciones, serán ambiguos y traidores a la patria.
Parece que la única salida es politizar la crisis: devolverla al terreno de la democracia, del voto robado y de las instituciones secuestradas. No al bloqueo general, no a la intervención militar; sí al reconocimiento electoral, al fortalecimiento de sindicatos, prensa y sociedad civil, y a la presión internacional coherente.
La política maximalista de Trump no deslegitima al régimen venezolano, lo está revitalizando.









