Avenidos al diálogo y la solidaridad
Fabrizio Reyes De Luca • 3 de octubre de 2025
Avenidos al diálogo y la solidaridad.

Hay que comenzar por dar vida a un nuevo orden social, económico y político, activando el diálogo sobre los enfrentamientos, pero no solo con palabras, sino también con hechos concretos; teniendo presente el bien común y sus consecuencias políticas y sociales.
Reforzar nuestro compromiso con una atmósfera libre de artificios, en un contexto de creciente inestabilidad mundial, es algo tan preciso como necesario. Comenzar, exactamente, eliminando el odio y la soberbia; será sin duda, el mejor propósito vivencial en un mundo en crisis, para confraternizar y no dejarnos vencer por el veneno del mal.
Necesitamos reconstruirnos y no destruirnos, desterrar y destronar de nuestros horizontes, los violentos enfrentamientos fratricidas, abrazarnos en la bondad y adherirnos al bien.
Conseguiremos la paz, en la medida en que custodiemos los vínculos y fomentemos iniciativas solidarias. No tiene sentido, pues, proseguir con el rumbo de las absurdas contiendas.
Lo sé, no es fácil cambiar de itinerario, y más aún en un cosmos agobiante, que deja en entredicho constantemente, la autonomía del ser humano. Tristemente, la primera gran mentira es la violencia que echa abajo lo que se pretende defender, tanto la dignidad, como la propia existencia y libertad de cada persona.
Por tanto, es indispensable promover una gran obra pedagógica de las conciencias, que forme universalmente a todos en lo justo, especialmente a las nuevas generaciones, abriéndolas al espacio de un humanismo integral y solidario.
En tiempos de crisis, no pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. Albert Einstein, un genio admirado universalmente, escribió que la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a las personas y los países, porque ella trae progresos.
La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura; es la crisis que origina la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo, sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas, que a las soluciones.
La verdadera crisis es “la incompetencia”. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía; no hay méritos, es en ella donde debe aflorar lo mejor de cada uno. No hay que promoverla y callar, asumiendo el conformismo.
Luchemos contra la amenaza que significa no tener valor para superarla. La mejor forma de enfrentarla es la solidaridad, que en sociología es el sentimiento de unidad basado en metas e intereses comunes, junto con los lazos que unen a los miembros de una sociedad.
Los conocimientos nos dan independencia; por ende, se requiere la solidaridad de otros individuos, para lograr nuestra supervivencia.
En tiempos de crisis, la solidaridad es la base del bien común y con ella superaremos los obstáculos que se presentan en situaciones adversas.
Cuando se promueve el cultivo de la asistencia en todas sus dimensiones, se alienta la concordia. Trabajar unidos por estos valores, de respeto y promoción de la persona y de sus derechos fundamentales, desde una perspectiva ecuménica, contribuirá a asegurar nuestro futuro común.
Lógicamente, esta dependencia ciudadana, titular de obligaciones y derechos, globalizada y desafiante, unida por un origen y destino común, nos ruega cultivar la solidaridad, con un buen hacer y mejor obrar, con la condena al racismo, la tutela de las minorías, la asistencia a los más desprotegidos, la movilización de la solidaridad internacional para los que menos tienen; además, de aplicar el destino universal de los bienes, asegurando a todos las condiciones esenciales, para participar en el desarrollo económico.
Por consiguiente, tomar la moralidad de la interdependencia entre países ricos y pobres, por sí mismo ya es un gran avance, lo que nos exige un mayor espíritu cooperante, en pro de afrontar adecuadamente, el desafío de la pobreza.
En consecuencia, todos estamos llamados a trabajar en la pugna de las desigualdades, como tampoco nadie puede eximirse del esfuerzo del trabajo, en tanto deber y derecho, incluidas las lágrimas y el sudor vertido en las luchas sociales, para vencer la malignidad con honestidad.
Al fin y al cabo, si todo se realiza en buenos términos, a través de la unidad y en comunión, hagámoslo asimismo, para acabar con tanto odio y empezar un tiempo nuevo que despierte en nosotros la esperanza del cambio, con el aliento necesario para no caer en el desasosiego, y encender en nuestros corazones la llama de la generosidad.
Únicamente, de este modo, por muchas caídas que tengamos, podremos reponernos y continuar reencontrándonos entre sí, como buenos congéneres.
Tengamos fe en la unión de todos los ecuatorianos, de cara a un mejor porvenir. Luchemos por un verdadero cambio y así entregaremos un mejor país, a las generaciones venideras.
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