Por Blanca Palacios
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18 de febrero de 2026
Lo que los seres humanos estamos viviendo y observando a través de los medios de comunicación y de las redes cibernéticas —propiedad de millonarios que informan según sus conveniencias e intereses, siempre con la tendencia de incrementar sus fortunas y su poder político— conlleva, inevitablemente, el ocultamiento de la verdad y el mantenimiento de los ciudadanos en un engaño que se ha vuelto costumbre. Todo lo que dicen y hacen quienes llegan a ostentar el poder, ya sea otorgado por los ciudadanos o, en otras ocasiones, obtenido por la fuerza y/o el fraude, resulta profundamente contradictorio cuando la realidad cotidiana nos dice lo contrario; una realidad que vivimos, sentimos y padecemos día a día. Seguir presenciando, aunque sea desde la lejanía, guerras entre países en las que se asesina a niños, ancianos, mujeres y jóvenes —personas que no forman parte de ningún ejército— únicamente por la ambición de adueñarse de territorios, petróleo, gas o minerales, estremece el corazón. Sin embargo, de manera alarmante, nos hemos ido acostumbrando a ello. Somos también testigos no presenciales de un “bloqueo” perverso y obsceno impuesto por Estados Unidos contra una pequeña isla: Cuba. Un bloqueo que prohíbe a los países del mundo brindar cualquier tipo de apoyo, bajo la amenaza de imponerles “aranceles” (impuestos), y que incluso ha sido acompañado por expresiones carentes de todo sentimiento humanitario hacia otros seres humanos, como: “los vamos a exterminar”, después de casi 60 años de asedio continuo. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que debería fungir como árbitro para garantizar la paz y la justicia, no ha sido capaz de impedir que un solo voto de los EE.UU. tenga más peso que el de 193 países, incluidos aquellos que forman parte del Consejo de Seguridad: China, Rusia, Reino Unido, Francia y el propio EE.UU. Es evidente que queda mucho por corregir y reformar en esa organización. Si nos circunscribimos a México, y aun cuando los ciudadanos finalmente perdieron el miedo al Partido Revolucionario Institucional (PRI), coludido con el Partido Acción Nacional (PAN) y con los partidos rémora —el Verde Ecologista y el Partido del Trabajo—, vividores del erario público durante largas décadas y cómplices de fechorías, delitos, imposiciones, represiones, fraudes, nepotismo y autoritarismo, transitamos este cambio sin revoluciones armadas, pero dejando atrás miles de asesinados que lucharon contra ese régimen represor. Con la llegada al poder de un gobierno emanado de un movimiento ciudadano, ajeno a esos partidos mencionados, y que fue denominado por su líder, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), como el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), se enfatizó que con este nuevo gobierno se llevaría a cabo una Cuarta Transformación. Con beneplácito se recibió dicha propuesta y, dispuestos a participar en esa tan esperada y deseada transformación, se esperaba que los militantes morenistas fueran llamados a ser constructores activos de la misma. Para sorpresa de muchos y molestia de casi todos, comenzó a observarse lo que jamás se esperó: millonarios empresarios, priistas y panistas invitados por AMLO a formar parte de su gabinete y a ocupar diputaciones y senadurías. “En el pecado llevó la penitencia” el Presidente, pues la traición no se hizo esperar y estos mismos personajes arremetieron posteriormente contra él. Las traiciones y los fraudes de sus antiguos aliados priistas continúan hoy arremetiendo contra la actual Presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, a quien no dejan de calumniar llamándola “narca presidenta”. Otro tanto ocurre en el Congreso, donde los prianistas no cesan de gritar en las asambleas plenarias del Senado y de la Cámara de Diputados: “bancada de narco-morenistas”. Resulta extraño —no solo para la militancia morenista, sino también para la ciudadanía simpatizante— que no se dé una respuesta firme, debida y dentro del marco de la ley a estas difamaciones y calumnias que, de manera reiterada, se les lanzan públicamente. Muchos de estos opositores, entre ellos varios exgobernadores, deberían estar en la cárcel por delitos cometidos; sin embargo, no solo no lo están, sino que ocupan hoy escaños como senadores o diputados. A esto se suma que las nefastas “alianzas” que la directiva nacional de MORENA ha venido realizando con esos partidos rémora —ya mencionados— han derivado en que estos mismos se conviertan en los principales opositores a iniciativas enviadas al Congreso por la Presidenta, tales como la Reforma Electoral, la eliminación del nepotismo y la reforma laboral en la que los trabajadores demandan una jornada de 40 horas semanales con dos días de descanso. El PT y el PVEM, a regañadientes, la aceptan, pero hasta el año 2030. Al contemplar el panorama político en México, sin lugar a dudas destacan dos aspectos fundamentales: hay mucho por hacer en este nuevo gobierno morenista, comenzando por expulsar a cuanto oportunista proveniente de los partidos opositores, verdaderos “caballos de Troya”. Los 35 millones de ciudadanos que votaron por Sheinbaum deben ser suficientes para defender este gobierno y para aprender a ejercer el poder sin titubeos, sin compromisos indebidos y sin decisiones tomadas a espaldas del pueblo, porque se nos ha dicho hasta el cansancio: Con el pueblo todo, sin el pueblo nada. Saludos, conciudadanos. La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es Colaboración especial para LatinPress®. bnpb146@hotmail.com