La mercantilización de la salud

Fabrizio Reyes De Luca • 4 de septiembre de 2025

La mercantilización de los servicios de salud.

La medicina nació como un acto profundamente humano. Desde los antiguos curanderos hasta los médicos de pueblo, el centro de atención siempre fue el paciente: escuchar, acompañar y aliviar eran las consignas. 

Sin embargo, en las últimas décadas asistimos a un fenómeno doloroso y creciente: la deshumanización de los servicios médicos. 

Pacientes y doctores, en todo el mundo y también en la República del Ecuador, perciben que la atención se ha vuelto fría, burocrática y mercantilizada, donde el ser humano parece quedar relegado a un segundo plano.

El siglo XX, trajo avances extraordinarios: antibióticos, vacunas, cirugía moderna y tecnología diagnóstica. Estos logros salvaron millones de vidas, pero también transformaron la medicina en un sistema tecnificado e industrializado.

Hoy, los médicos dedican más tiempo a las pantallas y los formularios que a mirar a los ojos de sus pacientes. La burocracia de las aseguradoras privadas condiciona los tratamientos, el tiempo de consulta se reduce a minutos y el agotamiento profesional, se vuelve cada vez más común.

La mercantilización de la salud ha convertido a los pacientes en “clientes” y a los hospitales en negocios. 

A esto, se suma una formación médica que privilegia lo técnico sobre lo humano, la falta de recursos en los países en vías de desarrollo y las profundas desigualdades sociales, que perpetúan un trato impersonal y degradante.

Para el paciente, la deshumanización significa soledad y pérdida de confianza. En vez de sentirse escuchado, se percibe como un número en una lista o un trámite administrativo. 

Enfermarse, ya de por sí duro, se convierte en una experiencia fría y desoladora. Para el médico, significa frustración y desencanto. Muchos profesionales sienten que no ejercen la medicina que soñaron: en lugar de sanar, están atrapados en el papeleo, las presiones financieras y las agendas imposibles. El resultado es fatiga moral y pérdida de vocación.

No hay dudas que el interés humano, el trato familiar y cálido de otros tiempos, en algunos casos, ha sido sustituido primordialmente por el interés de hacer dinero. 

Lo que no significa que no hayan buenos médicos, que sí mantienen vivos los valores humanos.

Lo que pasa con los servicios de salud es un reflejo de la sociedad en que vivimos, concentrada en el consumismo y el individualismo. 

El interés por el bien común es cada día menor. La demandante sociedad de consumo, lleva a la mayoría de los profesionales de la salud, a centrarse en su interés personal y de los suyos.

La relación humana se hace cada vez más inhumana. Las mismas relaciones personales de amistad de antes, se orientan ahora en base a intereses. Es un mal de estos tiempos.

En cuanto a los servicios de salud, pienso que el Estado debe orientar su política a la salud preventiva y a los médicos de familia, para poder dar seguimiento a sus pacientes en barrios y zonas marginales. 

Fortalecer así un vínculo personal y emocional, que es vital en el seguimiento de la salud de los pacientes.

En nuestro país, tenemos un doble desafío, nuestra nación enfrenta este fenómeno con características propias. 

A la burocracia y la mercantilización, se suman la escasez de recursos y la saturación hospitalaria. Los pacientes esperan largas horas para consultas rápidas y los médicos trabajan con grandes limitaciones, que les impiden brindar un trato digno.

Es decir, luchamos contra una doble deshumanización: la que proviene de los sistemas modernos tecnificados y la que surge de nuestras carencias estructurales.

En mi opinión, no todo está perdido. La mercantilización no es un destino inevitable, sino un fenómeno que podemos y debemos revertir.

La medicina no puede reducirse a cifras, autorizaciones y monitores de computadoras. Su esencia sigue siendo profundamente humana: aliviar el dolor, acompañar en la enfermedad y recordar al paciente que no está solo.

Hoy más que nunca necesitamos rescatar el alma de la medicina. Porque al final, más allá de cirugías, diagnósticos y medicamentos, lo que más sana es sentirse escuchado, comprendido y acompañado.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de LatinPress.es fabriziodeluca823@gmail.com Colaboración especial para LatinPress®
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