Abuelo de un niño autista

Jose Ibañez • 1 de abril de 2026

El día que nos dijeron que nuestro nieto era autista, nos cambió la forma de mirar el mundo.

Mi adorado nieto nació en el condado de Broward, Florida, Estados Unidos. Un par de días antes de que llegará a nuestras vidas, el 14 de enero de 2017, cogimos nuestro coche desde Marbella hasta el aeropuerto de Málaga y de ahí nos fuimos directos al hospital Broward Health, llegamos un par de horas después de su nacimiento, pero solo tardamos unos minutos en conocerle.

Fue un momento mágico, lleno de expectativas, de mucho amor e infinita ternura. Nuestro primer nieto. 

Todavía recuerdo cuando a mi hija la llevaban en silla de ruedas a la sala donde ya dormía nuestro pequeño, su rostro era de felicidad como queriendo decirme, te he dado un nieto papá. 

Cuanta emoción teníamos todos los abuelos, padres, tíos y amigos ahí presentes. Nació, bello, grande, fuerte y, tanto mi mujer como yo nos quedamos en la casa de nuestra hija y su marido cuidándolo durante los primeros meses de su vida y, haciendo planes para cuando llegara el momento en el que nos visitara en nuestra casa en Marbella, lo que sucedió en mayo de ese 2017. Ya tenía casi 5 meses.

Pero fue en mayo de 2018 cuando en otra de sus visitas me dio su manita y empezamos a caminar juntos en las arenas playeras de Marbella. Me sentía como un héroe, capaz de todo por aquél regalo de la vida.

¿Por qué crecerán tan rápido esos pequeños tesoros que Dios nos ha dado el privilegio de tener?

En aquel mayo, tomado de las manos de su madre y de las mías, caminando por el paseo marítimo de albero de Marbella quitó sus manitas y se acostó en un pequeño jardín relleno de pequeñas piedrecitas y comenzó con mucho cuidado a darse golpecitos en su cabecita. Era como si algo le molestaba.

Ni mi hija ni yo fuimos capaces de saber qué nos quería decir, ni por qué ese comportamiento seguía repitiéndose un año después cuando, en otra de sus visitas a nuestra casa en 2019 le dejábamos sentado en el sofá del salón. 

Después de cierto tiempo, tal vez un año más tarde, ya en Estados Unidos, haciendo la vida de cualquier bebé, una amiga de mi hija le aconsejó que lo llevara a un especialista porque no respondía a las llamadas y su concentración era eterna cuando algo captaba su atención. 

En un primer momento ni mi hija ni su marido, atendieron ese ruego, lo consideraron una falta de delicadeza que alguien osara decirles que su hijo podría tener una condición que le haría diferente al resto de sus amiguitos para siempre. No era posible.

Sin embargo, ese mismo consejo lo volvió a escuchar un tiempo más tarde, esta vez de una 
buena amiga relacionada con el mundo del autismo; tendría mi nieto cerca de tres años. 

Nuestra reacción fue de alerta inmediata, pero supimos mantener la calma. La alarma se propagó en todos nosotros. Mi hija, con nuestro apoyo, decidió llevarle al pediatra, pocos días después al psicólogo infantil, al neurólogo y a un patólogo del habla.

Todos coincidieron en el mismo diagnóstico, nuestro pequeño tenía una condición especial que le duraría toda su vida, en este caso y, dentro del espectro del autismo, le valoraron como niño asperger. 

Fue la primera vez que escuchábamos una frase que después se nos haría común y nos haría ver al mundo con otros ojos, con los del Trastorno del Espectro Autista (TEA).

Aceptando todos los análisis médicos recabados, continuamos esperando otro tipo de respuesta, una que nos dijera que todos esos especialistas estaban equivocados, que mi nieto no era una personita neurodivergente, que sus respuestas eran las normales de un niño de su edad, que sus cortas conversaciones no eran inesperadas.

Sin saber qué hacer, todos comenzamos a leer profusamente para recabar la mayor información posible y encontrar la solución al caso, pero las abundantes sugerencias de los libros, de los amigos, de más especialistas, y de internet, pronto nos convencieron de que los únicos progresos los daría la ciencia, la guardería, el colegio, el tiempo, los amigos, la familia y el propio Mathias.
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