El amor por el dinero

Fabrizio Reyes De Luca • 5 de febrero de 2026

El amor por el dinero.

El amor descomunal por el dinero y vivir de las apariencias en la República del Ecuador, no es solo un comportamiento exclusivo de las personas que ocupan o aspiran a ocupar un puesto directivo en el servicio público.

Las personas se asombran de que funcionarios muy ricos desde antes de ocupar cargos públicos, y que en su vida ni la de sus hijos, jamás podrán gastar lo que tienen, cometan todo tipo de actos de corrupción en sus funciones, sólo para acumular más dineros que nunca usarán.

Esa corrupción parece cosa de locos. Pero con la salvedad de que esos señores son plenamente conscientes de lo que hacen.

Por eso elaboran estructuras corporativas y entramados de corrupción con sus cómplices, para burlarse de las consecuencias legales de sus actos.

Por tanto, todos esos personajes políticos, aunque la sociedad los considere señores hasta después de ser condenados inapelablemente por su corrupción administrativa, son responsables por sus actos ilícitos. Y merecen, además de las sanciones penales, el repudio de toda la población ecuatoriana.

En esta sociedad, a la gente le gusta el dinero fácil, pero yo esperaría que quienes ocupan un cargo en cualquier institución pública, solamente tengan un interés: el bien común, organizar la vida de la sociedad y tomar decisiones en favor de la colectividad.

En ninguna de las teorías políticas, se habla de que el objetivo de trabajar con y para el Estado, es generar beneficios personales.

La gente quiere dinero sin esforzarse, sin trabajar o trabajar lo menos posible. Las personas sin principios, no entienden que si en la búsqueda del dinero te pierdes a ti mismo, por presentar un “yo” que posee cosas, que le gusta aparentar, vanagloriarse, humillar; entonces, siempre serás pobre de mente y espíritu.

Los que aceptan posiciones públicas para acumular fortunas y buscar validación social, tienen una falta de carácter y una personalidad totalmente enferma. No comprenden la importancia del servicio público, ni su rol como integrantes de la sociedad.

Y eso se da, por una parte, porque esas personas carecen de los tipos de conciencias necesarias para vivir plenamente. Estas son: la conciencia de sujeto, la política y la social; además, de la conciencia nacional, la de clase y la de pertenecer a una comunidad o grupo de personas.

Sin esas clases de conciencias, el individuo es una persona a medias, no logra conformarse como debe ser. No llega a ser útil a su conglomerado social.

Por la otra parte, existen los acondicionamientos del sistema social, económico, político y jurídico en que vivimos, llamado sociológicamente "capitalista". Se caracteriza por la corrupción, que le es inherente. Por eso genera la alienación colectiva, salvo frente a los sujetos que lo han estudiado y lo combaten.

Así las cosas, las personas valen por lo que tienen, no por lo que son. Y la generalidad busca lucir que poseen riquezas, no valores ni principios morales, tampoco éticos. La apariencia prima sobre la esencia.

Resulta bueno saber también, que los países desarrollados lograron su progreso, originariamente, con la explotación a través de la esclavitud, el saqueo en sus colonias y el dominio de los mercados más pobres del planeta Tierra. Sin embargo, actualmente, cuentan con ciudadanos altamente educados para conservar el sistema social que tienen.

Nosotros no fuimos beneficiados de la esclavitud ni tuvimos colonias, tampoco alcanzamos la industrialización de rigor, ni los niveles científicos y tecnológicos necesarios, menos la educación social, para incidir en los mercados actuales. Esa es la causa de nuestra pobreza, dependencia política y que las grandes fortunas se forjen robándole al Estado.

Que nadie se engañe, la corrupción es sistémica. Los políticos y los sectores dominantes la usan para apuntalar su poder, con patrimonialismo y clientelismo.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de LatinPress.es fabriziodeluca823@gmail.com Colaboración especial para LatinPress®
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