El Faro de Marbella, un símbolo de la mala gestión
Isabel Pérez • 9 de junio de 2025
El Faro de Marbella se ha convertido en un símbolo de la mala gestión urbana.
Marbella. -
El proyecto de rehabilitación del Faro de Marbella, iniciado en febrero de 2024, ha pasado de ser una promesa de regeneración urbana a convertirse en un símbolo palpable del desencuentro entre la administración municipal y sus ciudadanos.
Con una ejecución inicialmente prevista de ocho meses, las obras acumulan ya más de quince meses sin fecha de finalización ni una visión clara de su propósito final. En febrero de 2024 Muñoz declaró a los medios que el Faro entraría en funcionamiento a finales de ese año.
A esto se suma un sobrecoste que supera el 47% del presupuesto adjudicado, elevando el gasto público por encima de los 1,4 millones de euros, estando prevista la inversión en un millón de euros.
Más allá de los números, lo que se denuncia desde la oposición socialista y se percibe en las calles de Marbella es un patrón de gestión donde la improvisación, la falta de planificación y la desconexión con la ciudadanía parecen haberse convertido en norma.
Un espacio público como campo de batalla política
La portavoz socialista Isabel Pérez ha sido tajante: “Estamos ante un absoluto caos”. Su crítica no se limita a los retrasos o al incremento presupuestario. Lo que está en juego, subraya, es la credibilidad de un modelo de ciudad que el Partido Popular, bajo el liderazgo de Ángeles Muñoz, ha promovido en Marbella durante años.
Y no es la primera vez. La referencia a la remodelación de la Plaza de Los Naranjos no es casual. Allí, también se suprimieron zonas verdes y se sustituyeron por superficies duras y uniformes de cemento, generando una oleada de críticas.
El patrón se repite ahora en el entorno del Faro, un espacio antes ajardinado que ha sido, según denuncian vecinos y oposición, despojado de su valor paisajístico y transformado en una explanada gris sin alma ni identidad.
La controversia en torno al Faro no es solo una disputa técnica sobre plazos y costes. Es el reflejo de una forma de gobernar que, para muchos, ha dejado de poner al ciudadano en el centro de la toma de decisiones.
Las paralizaciones intermitentes de las obras, la ausencia de una comunicación clara sobre los cambios en el proyecto y la opacidad en el uso de fondos públicos son señales de alarma sobre la salud democrática local.
En un contexto en el que Marbella lucha por redefinir su identidad más allá del turismo de lujo y las sombras de la corrupción pasada, la rehabilitación del Faro podría haber sido un símbolo de renacimiento, de una ciudad moderna, sostenible y participativa. En cambio, ha terminado encarnando lo contrario: la desconexión entre lo que se promete y lo que se ejecuta.
Desde el PSOE se exige una auditoría pública del proyecto, responsabilidades políticas por los sobrecostes y una mayor transparencia.
Más allá de las reivindicaciones partidistas, el debate que se abre tiene otras implicaciones: ¿quién diseña el espacio público?, ¿para quién se construyen los nuevos paisajes urbanos?, ¿cómo se garantiza que el gasto público se traduzca en valor ciudadano?
En la Marbella de hoy, el faro se ha convertido en un edificio político que, en su estado actual de obras inconclusas, proyecta una luz incómoda sobre una gestión municipal que muchos consideran errática, opaca y alejada de las verdaderas necesidades de la ciudad.









