Evaluando los cambios

Enrique Monterroso Madueño • 25 de diciembre de 2025

La mejor manera de evaluar los cambios, es mirando el pasado.  

Hay una forma eficaz de medir los cambios en la vida: mirar hacia atrás. Recordar dónde estábamos hace diez, veinte o cincuenta años. Cómo era nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra vivienda, nuestro coche; cómo era, en definitiva, nuestra vida. Quiénes éramos entonces y quiénes somos ahora.

El paso del tiempo se entiende mejor así, por contraste. Es inevitable que aparezcan la nostalgia y cierta idealización del pasado, pero los cambios profundos se imponen con claridad. Saltan a la vista y resultan inapelables.

Hablando de España los datos objetivos son los que son. A nivel europeo y me atrevo a decir que más allá, me es difícil encontrar una historia de éxito tan enorme como los últimos cincuenta años españoles. 

Hace 50 años España era pobre, inculta y subdesarrollada. Secuestrada por una dictadura y por la moral católica. Era un convento y un cuartel.

Hoy al final de este 2025 España es uno de los países más prósperos, más libres del planeta y con más derechos ciudadanos alcanzados. 

Nuestra esperanza de vida supera los 83 años, de las más altas del planeta, y el índice de desarrollo humano que tenemos está entre las naciones con mejores condiciones de vida. 

Somos una democracia plural y europeísta. Tenemos una sanidad pública, universal y gratuita; una educación de calidad y disfrutamos de libertades civiles que hace medio siglo parecían inalcanzables. 

Nuestra renta per cápita duplica con creces la media mundial. Es un país donde las mujeres no sólo votan sino que deciden y gobiernan. Y es uno de los lugares del mundo donde amar a quienes queramos o decir lo que pensamos no nos cuesta la cárcel como antes. 

Medio siglo ha dado para mucho. No ha habido en la historia de España una transformación mayor que la vivida en este medio siglo. 

En ningún momento del pasado hubo una etapa de mayor prosperidad; nunca un período mejor que celebrar. 

No diré que todo sea perfecto; en ningún país lo es y aquí tampoco. Hay muchísimos temas por mejorar, como es el caso de la vivienda o las desigualdades entre nosotros, especialmente entre la infancia. 

Las libertades , tan duramente conseguidas , están hoy cuestionadas. La democracia también corre el riesgo de una involución autoritaria. 

La prosperidad económica no ha alcanzado a todos los lugares por igual. El ascensor social sigue averiado aunque casi todos los jóvenes hoy llegan a la universidad. 

La memoria sigue siendo la gran asignatura pendiente y a una buena parte de los españoles les molesta que se recuerde lo nefasta que fue la dictadura, el período del franquismo.

Nuestro presente es muy mejorable, ciertamente. Pero si miramos medio siglo atrás, simplemente no hay color. A ojos de cualquier extranjero la trasformación de España es apreciada con admiración. No así los propios españoles que parecemos no valorar debidamente los objetivos alcanzados. 

¿Por qué nos cuesta tanto a los españoles reconocer los méritos de nuestro propio país? ¿ Por qué tenemos la autoestima tan baja?

Como todos los traumas, para entenderlo hay que mirar al pasado, a la muy deficiente construcción nacional española ya desde siglos atrás. 

No sólo no abrazamos en su día el concepto de nación que nos equiparaba a la Europa ilustrada sino que , en algunos momentos de nuestra historia nos enorgulleció aquello de que cuanto más analfabeto, más patriota. 

La ignorancia en el pasado y una ensalada de falsos mitos sustituyeron a un verdadero proyecto nacional con una idea de España con un futuro común. 

En media España de derechas, se instaló con el tiempo una idea de España enfrentada a la otra media a la que llega a tachar de antiespaña, tanto que a la izquierda esa imagen provocó una reacción, una respuesta. 

Se confundió federalismo ( que viene de frater, hermano) con debilidad de la nación. Se sigue confundiendo hoy en día. 

Por favor, miremos lo justo el retrovisor; miremos la historia de cincuenta años atrás para entender cómo hemos llegado hasta aquí. 

En los dos últimos siglos España perdió todas sus colonias, vivió cuatro guerras civiles, sufrió varias dictaduras, y se convirtió en una caricatura de El Quijote, alguien con sueños de una gloria pasada pero comiéndose los mocos.

 Y así llegó España a 1.975, con una nación de ciudadanos pero agrietada. Una patria donde quienes la celebran piensan en desfiles militares en vez de hospitales públicos o escuelas.

Algunos de estos supuestos patriotas no se dan cuenta de la incoherencia que supone llevar una pulserita rojigualda en la muñeca y esconder su dinero en paraísos fiscales. 

Por eso nos sigue costando tanto querernos como país. Porque durante demasiado tiempo el patriotismo fue monopolio de los reaccionarios y el rechazo a la bandera fue la respuesta natural de quienes defendían la libertad y el progreso. 

En España, el amor a la patria se confundió con el amor a la dictadura. Tanto es así que, como vemos a estas alturas, cincuenta años después a la democracia le está costando construir su propio relato, echar raíces.  

El resultado es esta paradoja: un país que está viviendo su mejor época y, sin embargo, no se la cree. 

Superar esta contradicción no exige olvidar el pasado sino comprenderlo. Mirarlo de frente, sin miedo. Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. 

La historia de España no es solo la de sus reyes ni las de sus guerras inciviles sino también la de quienes lucharon por la libertad, por la ciencia, la cultura, la justicia y la igualdad. 

Ahí está la verdadera herencia nacional que deberíamos reivindicar. Tenemos motivos de sobra para recuperar nuestra estima, nuestro patriotismo español. No permitamos que España sea propiedad privada y la registren a su nombre. 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es. emonte7@hotmail.com Colaboración especial para LatinPress®
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