Maduro habría sido detenido por la Delta Force

Jose Ibañez • 3 de enero de 2026

Fuerzas especiales de la Delta Force norteamericana habrían detenido a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores.

Caracas. - Doménico Spiezio. Latinpress.es Marbella. - Si esto es un golpe de Estado —y todo indica que, como mínimo, se parece peligrosamente a uno, parece estar distinguiéndose sin partes oficiales, sin tanques claramente identificados, sin un líder derrocado mostrando su derrota ni un nuevo poder explicando su legitimidad. Venezuela está asistiendo a un golpe, en suma, narrado más por rumores que por decretos.

Donald Trump ha sacudido el tablero político latinoamericano anunciando que Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, habrían sido capturados y extraídos de Venezuela. 

A esta comparecencia no le ha seguido ninguna del alto mando militar venezolano, pero tampoco nada que sugiera la continuidad del régimen. 

A falta de pruebas independientes y con los principales protagonistas fuera de escena, Venezuela amaneció suspendida en una paradoja política. Si la captura es real, el país entra en un vacío de poder de consecuencias imprevisibles; si no lo es, la credibilidad de los anuncios y la estabilidad regional quedan igualmente dañadas. 

En ambos casos, lo que quedó claro es que el futuro inmediato de Venezuela ya no se decidirá solo en Caracas, sino también en el relato que se imponga más allá de sus fronteras.

Según Trump la captura de Nicolás Maduro se desarrolló como una acción nocturna de alta complejidad, diseñada para ser rápida, precisa y decisiva. 

Fox News informó de un amplio despliegue de helicópteros Chinook y otros activos de fuerzas especiales, que habrían sido utilizados para extraer al dirigente venezolano del país en cuestión de horas. CBS News atribuyó la operación a una unidad de élite del Ejército de Estados Unidos, los Delta Force, un cuerpo reservado para misiones de máximo riesgo y alto valor estratégico. 

La intervención sería así el punto final de una estrategia de presión sostenida, en la que la diplomacia y las sanciones habrían dado paso, finalmente, a la acción directa.

Sin embargo, la falta de confirmación oficial independiente, la ausencia de imágenes verificables y el silencio de las principales instituciones venezolanas mantienen el episodio en una zona de incertidumbre. 

Entre los relatos de una operación quirúrgica ejecutada con precisión militar y la opacidad informativa que rodea a Caracas, el acontecimiento sigue sin un relato definitivo. 

Qué va a pasar

La incertidumbre que se cierne en el corto plazo, no se trata de que Venezuela se enfrente tanto a un cambio de régimen como a una crisis de autoridad. 

El silencio del aparato militar, la ausencia pública de las figuras clave del chavismo y la proliferación de mensajes contradictorios crean un vacío que ningún comunicado improvisado logra llenar. 

A diferencia de los golpes clásicos de América Latina, aquí no hay —todavía— una Junta, ni un general con banda presidencial, ni una cadena nacional que “normalice” la ruptura. 

Lo que hay es algo más contemporáneo y más inquietante: una transición en suspenso, vivida en tiempo real por audiencias globales, amplificada por redes sociales y medios internacionales, donde la percepción empieza a importar tanto como el control efectivo del territorio.

Otra de las preocupaciones que parecen estar aflorando dentro de los miles de venezolanos que viven en El Doral, Miami y en la propia Venezuela, es qué sucederá en las próximas horas y días; si están frente a una “liberación”, una “intervención”, un “golpe imperialista” o, una “caída interna del régimen”? 

En este contexto, figuras como Edmundo González Urrutia y María Corina Machado ganan centralidad no por ocupar el poder, sino por llenar simbólicamente el vacío.

Maduro llamó al bolivarismo para que se manifestará en las calles, paradójicamente lo que ha habido es ausencia de grandes movilizaciones populares, tanto a favor como en contra del gobierno, algo que sugiere cansancio más que miedo. Esto reduce el riesgo inmediato de un estallido social, pero aumenta la normalización de decisiones tomadas sin respaldo ciudadano visible.

Si el paradero y la lealtad de los mandos militares no se aclaran pronto, Venezuela podría entrar en una fase de poder disperso, donde distintas facciones —civiles y militares— reclaman autoridad parcial. 

No es el escenario de una guerra civil abierta, pero sí el de una gobernabilidad frágil, vulnerable a presiones externas y a negociaciones opacas.

Por otro lado, la reacción internacional será rápida en declaraciones, algunos gobiernos celebrarán, otros denunciarán. Pero el problema será ¿con quién se negocia?, ¿Quién firma?, ¿Quién garantiza estabilidad y cumplimiento de acuerdos? 
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