Mediocridad y doble moral
Fabrizio Reyes De Luca • 24 de junio de 2025
Mediocridad y doble moral.

Pienso que la mediocridad es una condición opuesta al mérito, que se abre espacio mediante el atajo y el mínimo esfuerzo.
Aunque de entrada no luce atractiva en una organización, suele, en nuestro medio, instalarse en todo el tejido social con facilidad, ya que para el mediocre las reglas no existen, y el cambio de ellas en el juego, es progresivo y accidentado; todo dependerá del momento, la coyuntura y los resquicios que se abran en la dinámica de los procesos internos y externos que les ponen en la mira, oportunidades para los zarpazos.
El mediocre está al acecho de las ideas ajenas para plantearlas como propias; intriga para generar confusión y sacar ventaja en situaciones conflictivas.
Cuando se plantea “metas” incluye en su catálogo de acciones la traición, la lisonja, la distracción, el engaño y la compra de voluntades. Y, en el marco de esa tónica, hace una exhibición excesiva de lealtad a la causa, al que la lidera o representa, como forma de ganar favores y ocultar sus verdaderas intenciones.
En esa lucha, logra desarrollar un fino olfato que suele combinar con una verborrea seductora, a veces, con una calculada prudencia y, siempre, con un servilismo que no llega al empalago, a fin de hacerse imprescindible.
El mérito -alcanzado con talento y esfuerzo- y la mediocridad, asisten constantemente a una batalla que desgasta más al que tiene la atribución más noble, pues su camino es más pesado y empinado. El opuesto, se conduce hacia su propósito sin los frenos de la ética profesional, ni pruritos morales.
El ascenso individual del mediocre es un descenso cuasi automático de la organización social, porque el mediocre no tiene formación, y como no tiene formación, no puede articular planes ni proyectos, entonces contamina con sus falencias a todo el grupo, dejando aislados los órganos principales, a los que no puede acceder el mérito, a pesar de estar dotado de la instrucción y la formación necesarias para gerenciar con éxito una conglomerado.
No nos dejemos sorprender por el engaño, aceptemos la presencia de capitales sucios en el diario accionar económico de las economías mundiales.
La justicia es uno de los estamentos que ha sucumbido frente al combate contra el blanqueo de dinero, y su intervención se hace selectivamente con el apoyo de sectores de poder político y empresarial a favor de sus propios intereses, no del interés común de enfrentar al crimen organizado y así lograr la cacareada seguridad ciudadana, que se traduce en paz social.
Estamos abocados a convivir con esa economía paralela, sumergida o soterrada, que tiene una presencia indiscutible en los índices económicos de estabilidad financiera de las economías emergentes o en vías de desarrollo, y las grandes economías hegemónicas.
Esta es la otra cara de la corrupción compartida. Observemos que el dinero no solo se invierte en los circuitos legales; también se orienta hacia la economía sumergida, la cual supone una gran parte del PIB mundial, mayormente en países subdesarrollados, y un importante 25% de las economías desarrolladas.
Al estar introducido en los sistemas legales -léase oficiales-, el dinero sucio es difícil de identificar en esos circuitos contaminados. Preguntamos: ¿Qué pasaría si de pronto desapareciera ese dinero de circulación? Simplemente, el edificio económico y financiero mundial se resentiría o derrumbaría.
En consecuencia, deberíamos preocuparnos por los orígenes de este dinero, no por la fase final de la comisión de los delitos que lo generan.
El Siglo de la Humillación en China estuvo precedido por el abandono de la meritocracia, pues durante el reinado del joven emperador Tongzhi, su madre Cixí, gobernó por él en calidad de regente, recurriendo a la venta de posiciones en el gobierno, traficando con influencias y favoreciendo a sus amigos, con lo que creó un torbellino de desplazamientos de los individuos, seleccionados sobre la base del mérito y el talento.
Al poco tiempo, la dinastía Qing estaba infestada de mediocres e incapaces que debilitaron a China, lo que aprovechó Occidente para poner a la nación milenaria de rodillas.
Romper con la estricta tradición de impulsar el mérito para abrirle la puerta a la mediocridad, llevó al gigante asiático a perder su soberanía mediante tratados desiguales, pagos de indemnizaciones y pérdida de parte de sus territorios, como Hong Kong, luego de la primera y segunda guerra del opio.
Además, y no fue una cuestión menor, los conflictos internos que estuvieron marcados por traiciones a la patria, impactaron en la integridad del territorio chino.
Los mediocres, a veces, hunden proyectos con la complacencia de un liderazgo inseguro que le teme a la sombra del talento, en razón de que no entiende que éste, más que mellar su poder, lo refuerza, porque en la medida que el proyecto muestra fortaleza, en esta misma medida, se traslada a la cabeza visible.
Sin embargo, en medio de este miedo, se cuela el mediocre, y la ecuación segura se resume en el éxito de éste, el fracaso del líder y el hundimiento del proyecto colectivo.
La opinión del autor no coincide necesariamente con la de LatinPress.es fabriziodeluca823@gmail.com Colaboración especial para LatinPress®









