El precio de la negación de Trump

Latinpress.es. USA • 15 de junio de 2025

El precio de la negación de Trump se vuelca a las calles de New York, Chicago, LA, Atlanta, Utah, Boston, Minnesota, Salt Lake City, Sacramento, Oregón, Portland, San Francisco, Massachusetts, North Carolina, Washington DC.

En tiempos de crisis, los líderes pueden encender la llama del miedo o alentar la esperanza. Donald J. Trump ha optado repetidamente por la primera.

Lo que comenzó como un momento de luto nacional por el asesinato de políticos demócratas —actos criminales que deberían unir al país en la condena— se ha transformado en un campo minado político alimentado por retórica divisionista, militarización de la respuesta estatal y una peligrosa erosión de la institucionalidad democrática.

Las recientes manifestaciones, surgidas en gran parte como respuesta a una creciente percepción de autoritarismo, desigualdad y corrupción, han sido —en su abrumadora mayoría— pacíficas. 

Sin embargo, la narrativa promovida por el aparato mediático afín al presidente insiste en mostrar un país al borde del caos. 

Los focos de la violencia

En realidad, los focos de violencia han sido limitados en alcance y contexto, concentrados en pequeñas áreas urbanas como unas pocas calles en Los Ángeles. Pero esa distorsión le ha servido al presidente como justificación para endurecer su discurso, impulsar medidas represivas y reforzar su control sobre los órganos de poder.

Mientras tanto, el Departamento de Justicia, bajo su influencia, ha sido utilizado más como herramienta política que como garante del estado de derecho. 

Sin embargo, hay límites institucionales que Trump no ha podido sortear con facilidad. Ha perdido la gran mayoría de los casos que ha respaldado en tribunales federales, incluso frente a jueces designados por su propio partido. Ese hecho, más que cualquier otra cosa, ha sido uno de los pocos contrapesos reales a su poder.

Pero incluso esas victorias judiciales son precarias. El temor de que las cortes puedan volverse menos independientes, o que los órganos legislativos continúen siendo rehén de una minoría radicalizada, no es infundado. 

El Partido Republicano, en manos del trumpismo, ha abandonado toda pretensión de moderación. Los pocos republicanos disidentes han sido marginados o han optado por el silencio, asfixiados por el miedo a represalias políticas o personales.

Lo que estamos viendo no es simplemente un conflicto entre partidos, sino una lucha entre dos visiones opuestas de la democracia. 

Por un lado, una visión pluralista que acepta el disenso, la diversidad ideológica y la necesidad de instituciones independientes. Por otro, un culto a la personalidad, alimentado por redes sociales dominadas por intereses corporativos y multimillonarios que ven en el caos una oportunidad para desmantelar el estado de bienestar, debilitar las regulaciones y enriquecer aún más sus fortunas.

Comparaciones con líderes populistas de otras latitudes —Hugo Chávez, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro— ya no son hipérboles, sino advertencias claras. 

Como en esos casos, se ha utilizado la maquinaria del Estado no para gobernar para todos, sino para castigar a los críticos, recompensar a los leales y debilitar las barreras institucionales que impiden la consolidación del poder absoluto.

Sin embargo, hay señales de resistencia, las calles, llenas de ciudadanos que protestan con dignidad y sin violencia, revelan que una parte significativa del país aún cree en los valores democráticos.

Lo notable es que este movimiento no se limita a los demócratas: incluye a independientes, moderados e incluso republicanos desencantados. 

La democracia, como el tejido de una nación, no se rompe de un día para otro, pero puede desgastarse peligrosamente si no se la defiende con coraje.

Este es un momento definitorio para la administración de Donald Trump y para el alma de Estados Unidos. 

La historia está escribiéndose en tiempo real. Y como siempre, nos juzgará no sólo por lo que permitimos, sino por lo que tuvimos el valor de enfrentar.

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