No le pido dinero, solo que me mire

Enrique Mnterroso Madueño • 12 de abril de 2026

No les pido dinero, solo que me miren y dejen de ver el móvil.

Cuenta el filósofo y escritor Alba Rico que en el vagón de metro de Madrid en el que viajaba hace unas semanas entró un hombre y alzó la voz dirigiéndose al público. 

Los viajeros esperaron escuchar una historia de paro e indigencia y una petición de monedas. 

Pero no. El hombre que alzó la voz tan sólo dijo enérgicamente : “No les voy a pedir dinero, sólo les voy a pedir que me miren, que quiten sus ojos del teléfono móvil y me digan buenos días”.  

Me ha parecido tremenda esta historia extraída de la vida cotidiana pues nos podemos ver reflejados en ella todos nosotros aunque no viajáramos en ese vagón de metro. Y porque la podemos aplicar a otros escenarios como los bombardeos sobre Líbano y los libaneses, sobre Irán y los iraníes a los cuales prestamos una mínima atención: tan sólo levantar un segundo la mirada para contemplar el estruendo de las bombas y el humo de los bombardeos y bajarla de inmediato y seguir a lo nuestro, la cabeza gacha y teléfono en mano.    

El hombre del metro en cuestión planteaba algo difícil de cumplir: que lo miraran un segundo sabiendo que de inmediato lo iban a ignorar; reconocerlo como sufridor y al mismo tiempo olvidarlo. 

Todo en un plis plas. Es muy probable que esa persona, en realidad, solo quisiera poner en aprietos a sus semejantes; como si fuera la pequeña revancha de un humillado, de un fracasado social para hacerles ver a los pasajeros su indiferencia culpable ante el sufrimiento de los semejantes. 

Hace falta, en efecto, ser malos con mayúsculas para dar sólo los buenos días a una persona que pide pan, que pide auxilio, que pide comprensión, que pide solidaridad, que pide respeto. 

Sólo un sádico sin entrañas y sus cómplices se atreven a mirar a los ojos a una persona débil y desarmado antes de destruirlo. 

Pongan ustedes el patronímico: un gazatí, un libanés, un iraní, un madrileño…. Qué más da. Un ser humano. 

Es cruel este mundo en el que buena parte de la sociedad tiene necesidades y pide algo tan básico como pan, vivienda, cuidados, compañía o paz mientras una parte que vive de lujo sólo tiene la deferencia de alzar la mirada y volverla a bajar. 

Ejercer la compasión de boquilla ante el sufrimiento y al mismo tiempo desentenderse de los que sufren es hipocresía y muchas más cosas. 

Eso nos viene pasando a casi todos nosotros, metámosnos todos. Tratar sólo con “los nuestros” es muy cómodo. Lo difícil es qué hacer con “los otros” que nos piden que los miremos a los ojos sabiendo que nos van a complicar la vida. 

Hay dos situaciones, dos momentos donde uno se puede ahorrar ese escozor ético de nuestras contradicciones. El primero es la pantalla del móvil, que nos permite bajar la mirada hacia el sufrimiento ajeno sin hacer nada por aliviarlo. 

El otro momento o situación es alzar la vista para contemplar tan sólo el humo de los bombardeos de esta guerra cruel que estamos asistiendo desde el confort de nuestro sofá, contemplar ese modelo de exterminio al que estamos asistiendo en estos tiempos tan malos, en estos tiempos tan ciegos que ni siquiera reconocemos a nuestros semejantes, como si no fueran de los nuestros. 

Es bueno que nos enfrentemos a este inquietante dilema moral, aunque nos escueza. 

Decía Montesquieu que es bueno el que se ama a sí mismo; es mejor el que ama a su familia más que a sí mismo; y es mejor aún el que ama a su patria más que a su familia y que a sí mismo, pero el mejor de todos —escribió — es el que ama a la humanidad más que a su patria, a su familia y a sí mismo. 

Pues eso.  
Dedicado a mi querida Dulce, mucho más que una nuera. 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es. emonte7@hotmail.com Colaboración especial para LatinPress®
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