¡Bravo por España!

Enrique Monterroso Madueño • 17 de abril de 2026

¡BRAVO POR ESPAÑA! 

Estamos en plena primavera no sólo climática sino social, económica y hasta política en esta España nuestra. Primavera climática calentita que aventura una canícula insoportable. 

Primavera social porque la sangre está caliente y las hormonas invitan a solazarse. Primavera económica porque los datos siguen avalando el crecimiento de la economía española digan lo que digan los agoreros y matasanches. 

Y primavera política porque hoy se inaugura en España un reconocimiento legal, nada menos que a 500.000 personas que hasta ahora estaban entre nosotros pero eran invisibles. La sola palabra evoca a muchos españoles un cierto desprecio. Simplemente mencionarlos provoca respuestas airadas y enconadas. 

Pocos términos del diccionario político están tan pervertidos y cargados de negatividad como “inmigrante”. 

El giro hacia la extrema derecha que han dado los partidos, los medios de comunicación, las redes y la ciudadanía en general se hace especialmente visible en el discurso sobre la inmigración. 

Sé cuando estoy ante una persona de extrema derecha cuando le oigo hablar sobre los inmigrantes. 

Da igual que sea esa persona cristiana que atea. Cuando se habla que la sanidad, la salud, la educación, la dependencia o los derechos son para todos, universales, siempre, siempre buscan un pero y es entonces cuando se les ve el plumero. Sí pero no.   

No es que antes viviésemos en fraternidad con los extranjeros y los acogiésemos con flores, nunca fue así; pero la manera en que la xenofobia y el racismo han ganado terreno en los últimos años es espeluznante.

Y, sin embargo, como está archidemostrado y yo mismo he dado ya varios picotazos a la conciencia cívica a ver si despierta, el tema de las personas que se ven obligadas a emigrar tiene, al menos, un cariz egoísta que es el de considerar el fenómeno como beneficio a cuenta de resultados para nosotros los países ricos o con aspiraciones como es España pues los datos son irrefutables. 

Hoy no sería posible la vida sin la concurrencia de personas llegadas de fuera que barren, friegan, limpian, lavan, ponen refrescos, hacen camas, hacen espetos, recogen fresas, atienden enfermos, cuidan de personas mayores y de niños, limpian culos, alzan muros, labran tierras etc etc etc. 

Imaginémosnos por un momento nuestras ciudades sin inmigrantes. Respondan. Alcen la vista, dejen el móvil. Sí, los necesitamos pero invisibles, sin papeles, recogiditos en sus infraviviendas y sin chistar.  

Están los gobiernos de medio mundo criminalizando al inmigrante, persiguiéndolo, encerrándolo y expulsándolo. Está la Unión Europea, cuya política migratoria en este tema es acomodaticia pues creen que es el nuevo signo de los tiempos. 

Hay muchos medios de comunicación cuyas noticias, artículos y tertulias se suman con alegría a la ola reaccionaria. Están por supuesto las redes sociales, difundiendo noticias falsas que criminalizan y deshumanizan a las personas migrantes. 

Están los patrioteros de guardia que con una colección de falsedades arriman la desgracia a su sardina. 

Están los partidos de extrema derecha con sus delirios, pero también los partidos de la derecha tradicional que, para desgracia de la democracia, han endurecido su discurso migratorio, tomen nota de lo que acaban de decir ayer mismo. 

Y estamos los ciudadanos que, con más o menos resistencia, acabamos también arrastrados por esa ola. 

Era inevitable que -en un país en el que la derecha está en una campaña feroz y permanente para derribar al Gobierno- cualquier exhibición de sentido de Estado como ha hecho el gobierno de Sánchez, sincera o no, sea vista con ojos torvos y gruñidos de hambre por sus adversarios.

Por todo ello, por esa carga negativa que hoy tiene la palabra inmigrante, resulta admirable y valiente la decisión del gobierno de regularizar a cientos de miles de personas que ya viven y trabajan con nosotros. 

Y hacerlo además sin esconderlo, sin disimulo, llamando a las cosas por su nombre, hablando de razones económicas pero también de justicia y de humanidad, de derechos, y de una España abierta y diversa, convirtiendo la regularización en un acto político a contracorriente de la ola reaccionaria y hasta defenderlo con orgullo. 

¡Bravo por España! 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es. emonte7@hotmail.com Colaboración especial para LatinPress®
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